
Las grandes superficies utilizan la literatura como gancho para combatir la crisis
Enrique Alcina/ El Puerto |
Espuma
de afeitar, patatas fritas, una docena de huevos y un libro de
aventuras. Algo está pasando en la cesta de la compra. Los
supermercados intentan paliar el vacío existencial que sufre el
consumismo voraz creando o ampliando la sección de librería. Menos
kiwis, más cuentos chinos. Caída libre de la venta de productos de usar
y tirar, auge de la novela crepuscular. Portadas en rojo y negro
ilustran los pasillos donde antes reinaba el jamón serrano a precio de
oro. Ofertas dos por uno de libros de bolsillo, volúmenes de autoayuda
económica, oportunismo en do mayor. De pronto, sin previo aviso, la
cultura sale barata, salvo los discos, hundidos en la miseria de la
cultura de la gratuidad de hoy, hambre pa mañana. Entre tanto best
seller en rotación, enigmas indescifrables de andar por casa, historias
para no conciliar el sueño, siempre se puede encontrar algo
interesante, quizá algún libro a la vera de las pilas alcalinas.
Los
imperialistas del negocio al por mayor captaron al vuelo la señal de la
crisis, comprobaron que la coyuntura económica no afectaba al sector
editorial y tomaron medidas. Diez metros lineales de estantes para
libros en el Hipercor, una nueva franquicia de libros urgentes en Bahía
Sur, más libros salidos de la nada en Supersol, y mucho papel prensado
sustituyendo a discos y compitiendo directamente con emepetreses,
playstations, plasmas, ipods, cafeteras y minipimers en Media Markt.
"Yo no soy tonto, ni analfabeto". Ejemplos con nombres y apellidos del
nuevo fenómeno, quién iba a pensar que los libros sacarían de un apuro
a los centros comerciales, otrora sin compasión, hoy curados de espanto
y de humildad y paciencia. "Vendemos libros como si fueran naranjas",
apunta un encargado del rincón literario de un supermercado, "pero
ojalá sirva la crisis de aliento para fomentar la lectura". Leyendo
entre líneas, que es gerundio. Terror en el hipermercado, horror en el
ultramarinos, cantaban Kaka de Luxe. Ni que decir tiene que las grandes
superficies de la Bahía despachan literatura de fácil acceso, nada de
especialización. "Es cuestión de tiempo. El supermercado nunca fue el
hábitat natural del libro, pero ya notamos su presencia en el cesto de
la compra", advierten en otro centro comercial, donde se ha pasado de
la opulencia ficticia y los carritos llenos hasta la bandera, a los
lunes desnudos al sol, los doce meses sin intereses y el aquí tiene
usted su casa. Los valores seguros de la literatura comen pizzas de
cuatro quesos y helados baratos.
"El otro día, un cliente me
contó que había encontrado un libro llamado "Setas en los Alcornocales"
en una tienda de chucherías. Los supermercados utilizan los libros como
gancho, ante el descenso de beneficios, como complemento. Se trata de
un tipo de venta basado en el impulso", certifica Juan Manuel
Fernández, alma mater de la librería Manuel de Falla de Cádiz, con 36
años de labor a sus espaldas. "A las librerías de fondo, donde se
estila la complicidad con el lector, un trato intimista y mayores
exigencias en cuanto a calidad, selección atinada de títulos, buenas
ediciones y un punto de vista más romántico de la vida y de la
literatura, no nos viene bien que los supermercados entren en escena en
la venta golosa de libros. Hay mercado para todo el mundo, pero lo malo
sería que las grandes superficies se apoderasen de gran parte del
porcentaje de ventas; correríamos serio peligro". En los hipers no
venden un libro titulado "Supermercados, no, gracias", retrato crítico
de la voracidad del sector, su cara oculta.
Como dice Manuel
Vicent, cuando un librero se acerca a un cliente se establece una
relación de calidad que actúa de prolongación natural de la cultura. El
librero perceptivo conoce al cliente, Juan Manuel Fernández habla de
lectores, nunca de clientes. "A veces vienen a disfrutar de un paseo
por las estanterías, se les ve contentos y con ello nos sentimos
satisfechos, amén de entablar amistades y contactos por la cercanía de
la tienda". Nada que ver con las cajas rápidas, que suelen ser las más
lentas del planeta, o los dependientes de secciones de libros o discos
que ni siquiera conocen el paño. "¿Me puede deletrear Bob Dylan?"
Paecharlo.
En el término medio, y como excepción que corrobora
la regla, en El Corte Inglés gaditano, donde el fin justifica hasta un
puente, trabaja en la sección de libros un historiador, Fernando
Suárez, que acaba de estrenarse como escritor de novelas de aventuras
con Saturno Ventura. Fernando sabe de lo que habla, al
contrario que algunos vendedores de ilusiones vanas, que aprovechan la
presencia de un lector o melómano para endilgarle el ultimo detergente
por narices. Las librerías, en cambio, constituyen una experiencia
humana, sean intimistas como Manuel de Falla o de trasiego como Quorum,
por citar dos ejemplos gaditanos.
"Si las editoriales frenasen
el ritmo de publicación de novedades, lo notaríamos en exceso", señala
Fernández. "Pero hay tal variedad y cantidad de títulos que el lector
no deja de leer, ya sea con precios baratos o mediante cuidadas
ediciones. Los números cantan. Veremos si la Feria del Libro de Cádiz
confirma la tendencia, allí sentiremos el eco del lector habitual".
Mientras tanto, en las librerías clónicas de los supermercados, el
constante ir y venir de miradas interesadas, miradas de soslayo, prisas
y pausas, sabores, olores y códigos de barras, los éxitos editoriales
campan por sus respetos, encuadernan la crisis con regalos más baratos
que una puñalada trapera, y cometen crímenes como estampar los precios
adhesivos en las tapas de los libros.
Los carritos ya no
caminan, altaneros y arrogantes, atestados de kiwis y televisores. Las
franquicias de la cultura del chándal, la amnesia dermoestética y la
moda fugaz, piden socorro. Los concesionarios de coches parecen
cementerios mancomunados. El parné sigue inmovilizado. Pero se publican
más libros que nunca. Los discos agonizan. Las bibliotecas abren los
ojos. Los lectores permanecen fieles, curioso panorama en plena huida
hacia adelante del mundo enfermo. Con la crisis, la cultura pierde
pedigrí e idiotez (cultura del vino, cultura gastronómica, cultura de
no sé qué
, y gana dignidad: cultura a secas. Y el dinero, como el lema
dichoso, no es tonto.
Agua mineral, regaliz rojo a un euro el
pack de tres, utopías listas para freír, paté de tontería, ropa barata
y un libro para ir tirando. Sociólogos de andar por casa rubrican que
la gente sale menos, no gasta lo que no tiene, dedica el fin de semana
a pasear o ejercer el sano deporte mental de la lectura o echa cuentas
al olvido. Nadie sabe qué está pasando. ¿Será contagioso?Tags: libros, más vendidos, españa