jueves, 03 de junio de 2010



Por David Yagüe

Dos volúmenes breves para contar la Historia de nuestro país desde la prehistoria hasta la actualidad ¿Cómo se logra tal desafío de condensación? ¿No sentía la necesidad de utilizar más espacio?

Cuestión de práctica. Más de quince años enseñando historia a adolescentes te prepara para sintetizar hasta extremos inconcebibles sin dejarte nada importante. Como yo les decía a mis alumnos, las ideas deben ser como un acordeón: tienes que ser capaz de encogerlas o extenderlas en función del tiempo o el espacio de que dispongas. Así que no he hecho nada que un profesor de instituto normal no sepa hacer. Para un docente universitario es más difícil; no están acostumbrados a preocuparse tanto por lo que entienden los que le escuchan.

 

¿Cómo abarca uno la tarea de contar todo lo imprescindible de tantos siglos de historia con un afán didáctico?

Bueno, ya digo que son gajes del oficio. Pero sí hay un truco. Si consideramos que el pasado es como un enorme bosque lleno de árboles que son los hechos históricos, es necesario tener siempre presente que los árboles no deben impedir ver el bosque, es decir, que los hechos son importantes, pero sólo como parte de un bosque que son los procesos históricos, y eso es lo que hay que explicar. De lo contrario, la historia se convierte en una destilación del cotilleo o en una mera erudición intrascendente. Y la historia no es un pasatiempo. Al contrario: es una disciplina esencialmente útil, una herramienta imprescindible para entender el presente y, por tanto, para formar ciudadanos libres.

 

¿No le parece que, en general, en el campo de la divulgación histórica o del ensayo se han colado demasiadas obras demasiado politizadas, demasiado militantes en los últimos años? La objetividad del historiador y su neutralidad es casi un mito, pero ¿no estamos en el extremo contrario?

No sólo en los últimos años. Lo que ha pasado en los últimos años es que se han colado unas cuantas obras de tendencia francamente derechista que han tenido gran difusión. Pero hay que recordar que en los setenta y ochenta predominaban las obras de signo contrario, tan militantes como éstas o más, que obviaban los documentos para servir a una finalidad política evidente. Y mejor que no hablemos de lo que han hecho con la historia los nacionalismos periféricos y sus huestes de intelectuales apesebrados. No, frente a todos estos dislates, el historiador debe ser ante todo un profesional honrado, que asuma su ideología, pero se la guarde en el bolsillo cuando se acerque a los documentos y que no pase por alto ninguno. Uno puede acercarse a las fuentes con preguntas, pero nunca con respuestas. Éstas han de venir después.

 

Muchos lectores pensarán al encontrarse estas Breves Historias en su librería aquello de “otra historia de España”….¿Qué les podría decir a los lectores que diferencia su obra del resto de la misma temática?

Que no se parece en nada a las demás. En primer lugar, es la más breve con diferencia. En segundo lugar, está escrita con gran cuidado, con la intención de probar que es compatible escribir con rigor y amenidad, pero también en un lenguaje hermoso, casi literario. Y, por último, y sobre todo, no busca sólo entretener, sino enseñar, explicar cómo y por qué pasaron las cosas, y cómo esas cosas que pasaron explican nuestro presente.

 

En estos tiempos de la Memoria Histórica la historia es utilizada como arma arrojadiza, e incluso judicial, por los partidos políticos que a veces demuestran no tener un conocimiento demasiado amplio de esas facetas…

Apuesto el dedo en la llaga. Primero, historia y memoria no sólo no son lo mismo, sino todo lo contrario. La memoria es subjetiva y siempre deforma más o menos el pasadote manera acorde con los intereses del que recuerda o sus emociones y sentimientos, su ideología, su fe o sus prejuicios. La historia, por el contrario, es objetiva o trata conscientemente de serlo, pues aplica un método científico: Vamos, que es una cosa demasiado seria para dejársela a los políticos. La verdad es que nuestra clase política actual, con honrosas excepciones, es de una ramplonería intelectual que asusta. Pero también lo es la sociedad. Creo, sinceramente, que tenemos lo que nos merecemos.

 

¿Tan pasionales que somos los españoles con nuestra historia y adolecemos de su conocimiento?

Suele ir unido. Quizá sea como la pareja humana. ¿Acaso no sentimos más pasión por nuestra pareja precisamente al principio, cuando menos la conocemos? Lo mismo sucede con el pasado. Si no lo conocemos, lo imaginamos, completamos los huecos con ideas preconcebidas y proyectamos sobre él el presente. Si todos conociéramos mejor la historia de España veríamos que no es muy distinta de la de cualquier otra gran nación occidental y que buenos y malos hubo en todo momento y en todos los bandos, al igual que los hay ahora. Los sectarismos mejor dejarlos para las religiones. En política y en historia son malos compañeros de viaje.

 

¿Qué opina de la Ley de Memoria Histórica y de la polémica que ha traído consigo?

Mi opinión es crítica. No es una ley inocua, sino un ejemplo del uso que ciertos políticos tratan de hacer del pasado para cosechar votos en el presente. Paz, piedad y perdón, dijo Azaña. Pues bien, quien perdona olvida; quien no olvida, no perdona. Y en España, como en Francia o Alemania, o en todas partes, todos tenemos mucho que perdonar.

 

Divide la obra entre Las raíces y El camino a la modernidad… ¿A qué responde esta decisión?

A mi visión de la Historia de España. Creo que no se puede hablar de España, por ejemplo, en época romana, pero pienso, a la vez, que en Roma se encuentran buena parte de nuestras raíces como pueblo. Respecto al segundo tomo, empieza en el siglo XVIII porque creo que es en 1700, y no en 1808, cuando España empieza a abrazar un proyecto de modernización colectiva que culmina a finales del siglo XX con la total equiparación a los países de nuestro entorno.

 

¿Cuándo podemos empezar de hablar de España como una identidad definida?

La primera vez que se habla así de España es en época visigoda. Los monarcas visigodos, a diferencia de los francos, ostrogodos o cualquier otro de los pueblos que invadieron el Imperio romano a partir del siglo V, no se denominaron a sí mismos reyes de los godos, sino reyes de España o de las Españas (Reges Hispaniarum), y después, cuando la invasión musulmana destruyó la unidad del reino visigodo hispano, los monarcas de los reinos cristianos peninsulares y su entorno, por encima y a pesar de sus querellas y divisiones, siempre recordaron con nostalgia la unidad perdida y desearon recuperarla.

 

¿Qué efecto espera conseguir en sus lectores con esta obra?

Lo mismo que con todas las demás, mi objetivo es doble: que disfruten y aprendan a la vez. La buena historia tiene que lograr ambas cosas. Ah, y todos los lectores, no los eruditos.


Tags: iñigo Fernández, breve historia de españa

Publicado por Desconocido @ 13:14  | Autores españoles
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