Jueves, 10 de abril de 2008



Por David Yagüe, periodista.

Las presentaciones de libros son una cita habitual del mundillo editorial. Y quitando las presentaciones ante la prensa, mucho más sofisticadas y preparadas, queda patente que, habitualmente, los actos ante el público quedan relegados a aburridos discursos frente a un exiguo público compuesto por familiares y amigos, algún lector admirado y algún que otro despistado que pasaba por allí. En muchos casos deberían poner un cartel tras la mesa de conferenciantes que avisara "por favor, no bostecen delante del señor escritor", porque la triste realidad es que pasa.

He asistido a muchas presentaciones de libros con público. En los casi tres años que fui jefe de prensa de dos editoriales, Nowtilus y luego Kailas, organicé un buen número de estos actos y a casi todos asistí. Como público curioso o como periodista también he acudido a otras muchas e incluso he participado como orador en alguna. Estoy totalmente de acuerdo en hacerlas, es más pienso que deberían hacerse más, pero la mayoría de veces estos actos se plantean como un mero trámite.

Estas presentaciones suelen hacerse en centros de venta por lo que el coste económico para la editorial es, generalmente, mínimo o inexistente. Supone una oportunidad para que dicha librería pida más ejemplares de la obra y encima dé una oportunidad única para que el autor convenza en primera persona a su audiencia para que compren allí mismo su libro y se lo lleven hasta dedicado. Todo ventajas. Para el lector, es una experiencia única para valorar la compra o no de un libro, para conocer a escritores, para conocer la intrahistoria de los libros.

Así que ¿Por qué generalmente las presentaciones de libros, excluyendo a los grandes ‘popes' de las letras y las ventas, desprenden una lastimosa sensación de vacío y aburrimiento? ¿Por qué a veces el escritor ve que apenas tiene público y de las tres personas que hay en la sala, una ha venido a tomar el aperitivo tras el acto? La respuesta, para mí, es clara: generalmente las presentaciones de libros son aburridas hasta para los lectores más interesados.

No soy un iluso, no pido a escritores y editores el esfuerzo de convertir una presentación en un show como los que montan para la prensa. Pero deben pensar que la oportunidad que tienen, por mucho menos dinero, deben aprovecharla. ¿Cuesta tanto dejar un catálogo de la editorial? ¿Es tan difícil prepararse unas buenas intervenciones que inviten a participar al público? ¿Es tan difícil entretener a la gente? No creo. Si no vean el nivel de los programas de entretenimiento en nuestro país. O de los de cultura.

Los autores y editores muchas veces piensan que con lo que saben de sus hijos literarios es suficiente para hablar unos minutos (quizá demasiados) de ellos. ¿Por qué pensar o prepararse un guión? Luego algunos que han despedazado minuciosamente su obra a lo largo de una hora de discurso se sorprenden de que nadie quiera preguntar nada. Pero ¿queda algo que preguntar? Si quieres que pregunten, tendrás que dejarles algo que preguntar o deberás dejarlo en el aire, significativamente, para que el respetable lo haga.

Los editores o jefes de prensa que suelen abrir estas presentaciones deben ser brevísimos y recordar que ellos no suponen, salvo excepciones, ningún aliciente para esos lectores que desean oír al escritor. Cuanto antes se quiten de en medio y dejen de robar protagonismo, mejor para todos. Si en sus breves palabras, cuentan alguna anécdota simpática o interesante sobre el libro o su autor, tendrá más efecto que todas las maneras de comercial que se le presuponen.

Si vemos que el escritor por sí mismo no tiene tirón suficiente se puede recurrir a una figura más mediática. Muchas de ellas cobran y tienen su caché (algunas inmerecidísimo, otras bien que se lo ganan), así que dependerá del presupuesto que tenga la editorial o de los contactos y amistades que se tengan.

A las presentaciones que he ido sólo dos oradores me dieron la impresión de que dominaban este arte y que dirigían y entretenían a su público, y le hacían caer en las redes de interés de sus palabras. Y ninguno de ellos presentaba un libros suyo, que tiene más mérito.

El primero fue Manuel Toharia, el actual director del Museo de las Ciencias Príncipe Felipe de Valencia. Ante un público difícil, personas muy mayores, y con un tema complejo, divulgación científica, logró interesar a la concurrencia con un discurso cercano sobre un tema complicado. Acercó el tema a su público con palabras sencillas, con situaciones corrientes y toques de humor. Su audiencia no tenía, a priori, mucha idea del tema pero participó muy activamente en el posterior debate. Se los había ganado a todos.

El otro era Juan Antonio Cebrián, el gran periodista y divulgador que nos abandonó el año pasado dejándonos un poquito más huérfanos. Cebrián jugaba en casa: hablaba de uno de sus temas más conocidos, los enigmas de la historia, y su público eran, en su mayoría, entusiastas oyentes y lectores suyos. Su voz radiofónica y un discurso bien articulado, cercano y lleno de simpatía e intriga (sí, podemos crear suspense en un discurso) hizo el resto.

Cuando se organiza una rueda de prensa para presentar un libro ante los medios se suele pedir al escritor que en su discurso dé "titulares", esas frases redondas que el periodista puede utilizar literalmente en sus artículos. Frases que se queden fácilmente, que choquen, que se graben en la memoria, que creen polémica... Los lectores de una presentación también necesitan ese alimento para animarse a comprar el libro. Sólo hay que recordar que el verdadero objetivo de esos titulares que se quieren dar a los periodistas es el público soberano y que el reportero sólo es un fundamental intermediario.

También hay que cuidar los tiempos. Soy un enemigo acérrimo de las presentaciones largas. La gente se cansa, se aburre y además comienza a olvidar lo que le estamos contando. Intervenciones breves que sumen entre media hora y cuarenta minutos y después que el final lo ponga el público. Con sus preguntas e intervenciones mediremos nuestro éxito. Si les ha interesado preguntarán y opinarán. Si no, querrán irse a casa como alma que lleva el diablo.

¿Y después de los discursos? Pues después es el turno del público pero pocas veces toma conciencia de eso y participa. Una razón ya la comentaba antes: a veces el escritor ya lo ha dicho todo. Otras veces, un discurso un poco mediocre no da pie a muchas intervenciones. También la timidez del público hace lo suyo.

El escritor, el editor y el jefe de prensa tienen que ser consciente de estos puntos. Lo primero que deben hacer es dejar puntos a tratar después ("esto si les interesa lo podemos dejar para el turno de preguntas"), crear suspense y no resolverlo ("no puedo decirles lo que me dijo el entrevistado, pero desde luego cambió mi visión sobre toda aquella historia")... Hay recursos, más o menos sutiles, que se pueden utilizar. ¿Funcionarán? Puede que sí, puede que no, pero desde luego hay que intentarlo.

También hay que tener claro que el respetable tendrá menos ganas de preguntar tras una hora y media de cháchara y si se les había ocurrido algún tema a preguntar, probablemente lo habrán olvidado o desechado.

Por último, queda vencer la timidez de la audiencia. Salvo valientes excepciones, les dará vergüenza ser los primeros o los únicos en levantar la mano. No pasa nada, somos humanos. Si no me cree prueben a mirar a esos espectadores que miran al público buscando quién va a preguntar y a las dos o tres, lo hacen ellos.

Para ello, se puede hacer que los primeros en preguntar sean los propios participantes. O convencer a amigos o conocidos, que siempre hay entre el público, para que hagan lo propio. Si alguien tiene ganas de participar y no lo hace por reparo, se sentirá más animado si otros miembros del respetable, sentados junto a él, lo hacen con toda naturalidad.

Son sólo consejos, observaciones nacidas de ver, organizar y participar en muchos de estos actos. A veces ocurre que incumpliendo todo lo que he escrito la presentación es un éxito y el público queda hechizado por la magia de la literatura. Otras, una presentación medida y preparada, llena de recursos e inteligencia, se convierte en un fracaso. El autor, el libro, el tema, también influyen, y mucho. La suerte, la predisposición del público o si hay un partido de fútbol de Champions League en ese momento, también.

Quizá la próxima vez que un autor vea bostezar a parte de su escasa concurrencia piense "hombre, podía tener la delicadeza de no hacerlo delante de mí". Quizá también podría pensar "¿Qué estoy haciendo mal para aburrirle tanto?" y recapacitar y realizar una presentación que interese a su lector de toda la vida, pero también a su pareja, que sólo viene por acompañarlo.

Y así, la siguiente ocasión en que presente un libro el buen recuerdo que tendrán de la anterior haga que haya más de cuatro gatos sentados enfrente. Quizá en vez de un lector aficionado y una pareja aburrida, tenga dos lectores interesados que se llevan el libro para discutirlo, junto lo que dijo su autor, antes de dormir.


Y vosotros ¿habéis ido a muchas presentaciones? ¿Qué os parecen? ¿Tenéis alguna recomendación?


Tags: presentaciones, escritores, libros

Comentarios
Publicado por Invitado
Viernes, 11 de abril de 2008 | 11:46
Un art?culo original y genial
Publicado por Invitado
S?bado, 04 de julio de 2009 | 23:21
chico,cuanta raz?n tienesMuchas risas