Lunes, 29 de marzo de 2010





Entrevistamos a Enrique del Pino, autor del Diccionario de la España Convulsa (Ed. Aladena)

¿A qué denomina la “España convulsa”?

El Diccionario de la Lengua señala en su segunda acepción que convulsión significa ‘agitación violenta de agrupaciones políticas o sociales, que trastorna la normalidad de la vida colectiva’. El siglo XX ha deparado a nuestro país unos cuantos períodos en que esta definición se cumple pero el que se corresponde con los años treinta –1 de enero de 1931 a 31 de diciembre de 1940- es especialmente significativo. Espero poder argumentar estas palabras a lo largo de esta entrevista.

¿Por qué decidió acercarse a este periodo histórico a través de un diccionario? ¿Era quizá una forma de objetivar aquella realidad?

No es la primera vez que escribo un ensayo en forma de diccionario, solución que, estoy de acuerdo, se aparta un poco del esquema convencional. Pero estimo que dado el modelo de vida que llevamos, donde el tiempo disponible ha de ser ocupado cada día con más precisión y eficacia, la búsqueda de una idea, la respuesta a una duda o pregunta, la economía del esfuerzo se hacen más factibles utilizando el orden alfabético; quiero decir, yendo directamente al objeto perseguido. En cierto sentido, como usted dice, es una objetivación de la realidad, si es que eso es metafísicamente posible.

En España, todo lo que se centra en la República, la Guerra Civil y el franquismo parece ir indefectiblemente unido al posicionamiento, a la polémica, a la herida abierta ¿Usted cómo se enfrentó a esta idea al trabajar en su diccionario?

Menciona usted uno de grandes males de nuestra sociedad: el posicionamiento a ultranza. Cada día que pasa me pregunto más hasta cuándo hemos de seguir esclavizados por condicionamientos y prejuicios ideológicos al analizar la historia. No creo acertado establecer una trinchera previa para dilucidar si lo que ocurrió ayer o anteayer fue así o de otra manera. Fue como fue, y a investigadores toca contarlo. E interpretarlo, porque los hechos por sí solos no suponen nada. Ya que usted ha puesto estos nombres sobre la mesa, los acepto y le digo: la República fue un fracaso, la guerra civil una locura y el franquismo una decepción. Aquellos diez años compusieron un mosaico trepidante y terrible de errores, crímenes y enajenación, y hay que decirlo. Todos tuvieron, diría tenemos, la culpa y todos somos inocentes, porque la Historia, ahora con mayúscula, ha de ser sustantiva no adjetiva. No tuve ni tengo el menor reparo en haber acometido este trabajo, que por otra parte desde hace muchos años echaba en falta.


La Ley de la Memoria histórica parece haber puesto de relieve que aún hay latentes muchos odios y rencores en segundas y terceras generaciones que ni siquiera vivieron la guerra ¿Cuándo superaremos la Guerra Civil?

Eso es parcialmente verdad. Hoy tiene España generaciones de muchachos que apenas si saben lo que pasó hace ochenta años, unas veces porque no se les enseña en las escuelas y otras porque la dinámica social les lleva por otros derroteros. En todo caso, no creo que se sientan enfrentados políticamente ni con los de su edad ni con los mayores, salvo casos concretos que se pueden identificar con nombres y apellidos. Si existe enfrentamiento, que debo reconocer es un hecho en determinadas áreas y situaciones, es entre personas poco o nada ilustradas, tendenciosas, politizadas o partidarias, y sería instructivo averiguar dónde está la causa de ello.


¿A qué se debe que el conflicto siga estando tan presente, y de una manera tan pasional, en nuestra sociedad?

Creo que es para tener en cuenta, con preocupación, que cuando se articula una política encaminada a destruir o alterar verdades, por ejemplo revolviendo los huesos de los muertos con intención de fijar pautas en que guerras perdidas aparezcan ganadas, se está impidiendo que la guerra civil quede en el lugar que le corresponde, que es la historia, lo que equivale a decir superada por completo. Además, ¿qué es eso de la memoria histórica? La historia es en sí misma memoria. La historia no necesita leyes sino atención y estudio. Superaremos la guerra civil cuando aprendamos eso.


¿Qué espera de su obra? ¿Cuál le gustaría que fuera lo que el lector obtuviera de la lectura y uso de este Diccionario de la España Convulsa?

Este libro, y todos los que ya acompañan mi carrera, han sido escritos para hacer pública mi manera de ver y entender la vida. El lector que aborde la lectura de este libro debe saber (ya se lo adelanto en las páginas de la Introducción) que trato los hechos con la mayor objetividad posible, claro está que desde la subjetividad que me constituiye, de la que no puedo escapar, como tampoco él, cuando lee.

Una de las cosas que sorprende (y se agradece) de su obra es que, además de siglas, personajes y términos políticos y militares, hay una buena cantidad de expresiones coloquiales y populares de uso común en aquellos años ¿Por qué decidió dar cabida a esas expresiones?

Porque la vida es un conjunto, un conglomerado, una síntesis totalizadora, que da cobijo a todo tipo de manifestaciones. En la década de los treinta hubo crímenes,robos, locura colectiva, tristeza y muerte pero también amor, esperanza, colas en las aceras, niños jugando en las playas y el sol arriba. No es bueno, creo, afrontar la realidad con la amargura en el semblante.

¿Cómo se enfrenta un autor a la ingente, por lo visto en el libro, documentación que ha tenido que utilizar para dar forma a este diccionario?

Horas de trabajo, pero estoy acostumbrado. Lo que con más interés pretendo es cometer el menor número de errores en nombres, fechas, lugares, etc. Siempre se desliza alguno. Por los que haya en este libro debo pedir disculpas.

¿Tuvo que desechar o excluir términos? ¿Qué criterio siguió?

Nunca doy la espalda a la realidad, y menos la eludo con eufemismos y palabras vagas. Si digo que lo sucedido el 18 de julio de 1936 fue un golpe de estado, es porque lo creo; del mismo modo que lo fue la implantación de la República; el uno fue cruento, el otro no, al menos al principio. Hubo más golpes durante esos diez años pero para descubrirlo hay que leer el libro.

Tras el trabajo y el análisis que le ha supuesto realizar esta obra, ¿Cómo resumiría aquel periodo convulso? ¿Qué hemos de aprender de aquel momento histórico tan determinante?

Hemos de aprender que debemos cargar con nuestro pasado tal como es. Los sucesos de aquellos años fueron en algunos casos ilegítimos pero esta condición no les quitó legalidad. Quiero decir, aunque la República tiene un origen ilegítimo fue legal desde el primer segundo en que fue implantada, y como tal tocó a los españoles regirse por las leyes que fueron emanando. Otra cosa es que aquellas leyes fueran inspiradas por ideas funestas y perversas, lo que fue horrible, pues impidió que, ya que no tenía la legalidad de origen, la consiguiera de actuación. Si los gobernantes de la República hubieran llevado a España a un supuesto de identidad necesario, como corresponde a toda nación que se precie, es posible que el pueblo hubiera aceptado la mácula originaria ‘legitimizándola’; pero no fue así. Llevaron al país al suicidio, lo que no exculpa en modo alguno la ‘solución’ hallada por el grupo rebelde que se levantó el 18 de julio de 1936. A todos faltó voluntad de entendimiento, sentimiento fraternal, honradez y, sobre todo, diálogo. Estas son las cosas que hemos de aprender de aquella España convulsa.

 

 


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